La hoguera de Santa Rosa, ¡Nace Debate Candela!

Y ese fue el día que tomamos la plaza Américo Vespuccio.  Como alguna vez lo fue el europeo de cemento, esa tarde éramos invasores de la excitante rutina que gravita en Santa Rosa de Aguas: la del niño pitcher invocando su tino antes de latigar la pelota de goma,  la del pescador oliendo la venida del cardumen sagrado, la del eterno vigía del horizonte del lago. Pero los invasores de hoy no traen explotación, ni sangre, ni intolerancia;  más sí traen armas. Se nos ve caminando para descargarlas una a una sobre la tarima de la plaza: un temible cuatro, una guitarra poderosa, un tambor rebelde, varias cámaras fotográficas de buen cañón, y una lona gigante que atraparía una corta pero subversiva película cuando se hiciese de noche.

Una mano orientada hacia la izquierda que empuña un lápiz y las palabras Debate Candela formaban el grito frontal de nuestra franelas. Uno de los invasores conectaba un cable necesario para la batalla cultural que se avecinaba. “Ya voy a bañar a mi niño para llevarlo” se le oyó a la amable mujer que prestó la regleta eléctrica. No hacía falta llevar a nadie. Como hormiguitas multicolores los niños de Santa Rosa salían solitos de todas las grietas para rodear a los Candeleros que habíamos dispuesto de su plaza-casa. Pronto se prendió la chispa que encendió la hoguera.

El canto por la unidad


“Somos el colectivo debate candela
que llevando brega
quiere entregar
un poco de amor a la comunidad”

Eran los gritos que le hacía un peludo candelero a un micrófono prestado y que funcionaba con dificultad. El arco formado por los impacientes niños se volteó a la orden del candelero gritón mientras éste señalaba hacia sus espaldas:

“He allí nuestro invitado especial…
¡Es nuestro lago!
Que, aunque mal trajeado
Ultrajado
Contaminado
Saqueado
No ha faltado a este homenaje…
Su homenaje”

Así, disparó primero la guitarra, retumbó el golpe de una caja de percusión y se oyó el coro unánime de aquellas voces tiernas y salvajes:

“¡Venezuela, corre en mi alma y en mis venas…!”

Y con cada repetición del estribillo Debate Candela dejaba de ser un colectivo invasor,  algo más que una atracción viviente para los infantes santarroseños.  Nos íbamos convirtiendo en llamas útiles, alumbrantes de conocimiento. Llamas que eran queridas por pequeñas manos que sobaban nuestros cuerpos sin miedo a quemarse. Llamas que estaban dando amor sin nada a cambio, sin un número de dos cifras a cambio.

”Desde chiquito me enseñaron a que tengo que cuidar
el sitio donde vivo para poderlo habitar
y que si no lo hacía sería como traicionar
el amor de la madre que me enseñó a caminar…”

Seguía la voz rapera del peludo gritón. Y seguían aquellos ojos atentos a tan agradable tertulia.

Cantarían, jugarían, conocerían  y reirían tanto en las siguientes dos horas que al llegar el momento de despedirse las hormiguitas nos van a toser un “volver” tácito, casi rogado.  Nos van a hacer prometer volver a toda costa. Urgirán no ser abandonados. No más abandono. No, no más. Porque es ésa la máquina que se ha estado llevando a muchos de ellos al despotismo de lo humano.

La pesca y el lago

“Mi papá pesca cangreja”. “El mío camarón”. “El mío pesca… pescado” se turnaban los hijos de los palafitos.“¡Ese es el trabajo más bonito que puede existir!”, salpicó otro candelero, que luego afinaba en SI mayor:

“Que somos nosotros los que lo está matando, sí.
Que molleja primo, tan cristalito que estaba el lago ayer.
No es el palafito lo que está matando todo lo que hay en él…”

Alí Primera, entonces, seguía avivando flamas. Como cuando cantaba con su propio cuerpo. Los niños oyeron de él, lo corearon, le honraron con un divertido y fuerte:

“Vooooooooyyyyyyyyyyy (Risas y griticos) a defender el lago que se está muriendo hoy…Yo no me quedo en la casa porque al combate me voy, voy a defender el lago que se está muriendo hoy…”

Indomables, los niños arrebataban, toqueteaban o sólo probaban con la punta del dedo cada elemento del aparataje traído por Debate Candela para batallar en esta hoguera. Y mientras iba muriendo la tarde y la música en vivo se apagaba temporalmente, los niños admiraban con temblorosa impotencia a la estatua viviente del lago, quien con delicadeza, animaba su cuerpo para agradecer al pequeño que tirara una botella o papel usado al bote de basura – donde debe ir, y no en las orillas lacustres- para luego volver a su azulado estado impávido. Algunos corrían a cada punto de la plaza, ya sea para no dejar de ser inmortalizados en una foto en un día tan especial, o para acercarse a otro candelero que hace malabares con un juguete en forma de lazo que vuela a los cielos mientras gira extremadamente rápido (Diábolo).

El cine lacustre

Para recibir la noche, una candelera le sobó al cuatro las notas que acompañarían su suave voz, que al son de la tambora, componían una décima hermosa que fue cobijada por el marullo testigo. El manto negro del cielo invisibilizó, al fin, las chimeneas industriales, que son las que “botan humo, y eso daña el lago, así como cuando le botamos basura…”. De repente, la superficie de la tarima se ablandó de tanta inocencia que se posaba en ella y se volvió una gran cama. La larga lona blanca, una de las últimas armas que faltaban por usarse, se desplegó para crear la ventana donde los niños vieron cortas películas documentales que reflexionaban sobre la enfermedad y la cura del lago.

Un recuadro negro estampó la inmaculada lona y fue apareciendo el título de la película más aplaudida de la noche: Conservando la esperanza. Los ojos de los presentes – contando los de los silenciosos adultos que se acercaron al arremangado cine lacustre- reflejaban los palafitos variopintos que ven a diario, pero ahora estaban moviéndose y flotando en el aire. Luego irrumpió una cara familiar en el paisaje aquél, y explotó una ovación ensordecedora. Era el carismático Juancho, el chamito morenito que todos conocen en Santa Rosa. “¡Juancho, Juancho, Juancho!” y la sala de cine se colmó de orgullo comunal. Jorge – el verdadero nombre de Juancho – estaba duplicado: uno era el muchachito acostado en la tarima rebozado de solidaridad y el otro estaba reflejado en la pantalla, viajando por varios parajes lacustres oyendo y viendo realidades que le permitieron concluir en que la única manera de cambiar la triste realidad del espejo acuoso es la unión del pueblo por un cambio de modo de vida que permita defenderlo de tanta explotación.


_________________________

Debate candela nace de la mano de las comunidades. Debate candela es un colectivo para incentivar el cambio social. Debate Candela es un abanico multicultural, tolerante y comprometido con el pueblo. Debate Candela se prende en una Universidad durmiente y atrapada en el conservadurismo. Debate Candela concibe el conocimiento como motor del cambio social y no como propiedad de una academia egoísta. Debate candela acompaña y critica, por compromiso, el proceso de cambio Venezolano.

Donde no haya luz
Donde haya tinieblas
Pégale candela

¡Candela es conocimiento al debate!

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